En la peluquería

     Hoy escribo por todas las mujeres con fibro, por las guerreras, las divas, las señoras, las niñas,  las jóvenes, las luchadoras, las divinas, las informales, las deportistas; porque la inmensa mayoría vamos a la peluquería.   Y podrá parecer tonto el tema, pero te aseguro que cuando sufres fibromialgia, cuando sufres dolor crónico, el tema peluquería no es ninguna tontería.

    Ayer fui, sí, hoy me voy de viaje, (que estaréis pensando qué hago aquí escribiendo, pues nada, que no puedo dormir) y ayer decidí ir a cortarme el pelo, que ya lo tenía muy largo y descontrolado; bueno y a teñirme confieso, hay que tapar o al menos disimular las canas.
     Pues sí, salí de trabajar y allá que me fui, previa cita claro. 
    Decir que el tiempo de espera hasta que llega tu turno o que el tiempo que estás sentada esperando que el maravilloso tono 10.6 Ultrarubiocenizacasiblancoperounpocogris haga efecto, decir que estos tiempos de espera son incómodos, no es nada comparado con la tortura infernal que supone que te laven la cabeza.
   Lo que siempre he recordado como un momento placentero, el agua templada, un masaje capilar, relax y calma total; se ha convertido en un endiablado proceso tormentoso.
    Para empezar por la postura incómoda, lacerante, que da la impresión que me quieren arrancar la cabeza; y digo yo que a ningún ingeniero, a ningún diseñador, a ningún lumbreras se le ha ocurrido un diseño más ergonómico, menos maligno para el lavacabezas. Porque ese chisme que se clava en tus hombros y tira de tu cuello en un intento vano de hacerlo crecer, ese artefacto pérfido y malévolo, debería estar prohibido.
     El dolor es intenso en la zona de los trapecios, en los hombros, el cuello, y según pasan los minutos te va bajando hasta los brazos y la columna, haciéndose insoportable.
    Pues eso me pasó a mí, el tiempo no pasaba, yo no paraba de moverme a ver si por obra y gracia del espíritu santo el dolor cesaba, pero no, no había manera.
   Y el suave y agradable masaje capilar se convirtió a su vez en  cientos de agujas clavándose en mi cabeza, y rastrillos que al mismo tiempo me arrancaban el cuero cabelludo a tiras.
   Y la peluquera muy amablemente y con toda la buena intención del mundo, que si ahora matizador, que si un champú, que si otra vez el champú, que si mascarilla, que si colágeno......Ya, para ya por dios que me estás matando, tenía ganas de llorar, el dolor del cuello me llegaba hasta las piernas, y la cabeza me ardía. 
     No es una experiencia agradable, sinceramente no lo es, por mucho empeño, mucha amabilidad, mucho cuidado que puso la peluquera, no es agradable.
     Y después de esto, sigue aguantando sentada que toca cortar y peinar.
    Pero también os digo sinceramente que valió la pena, porque salí monísima, un color precioso, un corte perfecto; yo me veo guapa no, guapísima.
     Porque tendré fibro, pero sigo estando divina y estupenda, no dejo que el dolor, la desesperación, la rabia, tomen el control de mi vida; así que como siempre digo hace mucho tiempo que decidí poner a la fibro en su sitio, que no es en el centro de mi vida, y elegí vivir, sentir, disfrutar; y eso hago.
    Me cuido, me visto, me arreglo para mí, porque me gusta verme guapa, y todos los días, todos sin excepción me miro al espejo y me digo "¡Coño que buena estoy!".  Y es cierto, me veo guapa, así que levanto la cabeza, me pongo recta y a comerme el mundo, porque tengo fibro, sí, pero estoy viva y soy feliz.
  Tenemos que cuidarnos, mimarnos, querernos, tenemos que seguir arreglándonos, sintiéndonos guapas, tenemos que mantener a raya a la fibromialgia, ponerla en su sitio y dominar nosotras la situación.
    Y tenemos que hacerlo por nosotras, pero también por los que nos rodean, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia, por ellos, que están a nuestro lado, y reconozcámoslo, no es fácil estar junto a alguien con fibromialgia, pero no ya por las limitaciones propias de la enfermedad, no; no es fácil porque sin darnos cuenta, muchas veces no paramos de quejarnos, al movernos, al andar, al levantarnos, vivimos en una queja, un lamento, un ¡ay!, ¡ah!, ¡uff!, y eso agota a cualquiera; y muchas veces como nos duele estamos desanimadas, cansadas y nos pasamos el día en pijama, con ropa de indigente, el día, y en ocasiones los días, y esto tampoco es fácil de llevar; y tenemos cambios de humor, cosa totalmente aceptable cuando sufres, pero que debemos controlar porque nadie tiene la culpa y no es sano para la pareja, la familia, que descarguemos nuestra frustración en ellos. 
    Así que vamos a querernos, vamos a cuidarnos, vamos a mimarnos, por nosotras, pero también por ellos.
      Y voy a ir cerrando ya que en unas horas sale mi vuelo.















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